5 Mayo 2008...7:07 am
Los que tienen hambre y sed de justicia
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia; porque ellos serán saciados.
He aquí uno de los pasajes favoritos de los movimientos justicieros de toda la historia cristiana; una bienaventuranza tantas veces malentendida, tantas veces interpretada para satisfacer intereses y prejuicios personales que puede llegar a parecer una vacía promesa social.
Jesús está llamando a los sedientos y hambrientos de justicia pero, otra vez, la promesa no es para este mundo. No serán saciados aquí por la sangre de los malos de la historia, por mandar al paredón a los injustos. No es con fusil y granadas con los que se hace justicia. La justicia de Jesús tiene que ver más con la justificación. Aquí es donde los justicieros arquean las cejas y ven con sospecha esta interpretación. Pero pensemos un poco más: si asumimos que Jesús vino a justificar al ser humano, es decir, a absolverlo de culpa delante de Dios, si además suponemos que lo de Jesús tiene que ver con lo espiritual, ¿no tiene más sentido ver esta bienaventuranza como un llamado a buscar a Dios? ¿No serán los sedientos y hambrientos saciados por el Padre eterno? ¿No estaría Jesús avisando que la justicia de la que habla no tiene que ver con meter a la cárcel al ofensor, con pagar ojo por ojo y diente por diente sino con buscar el Reino de Dios? Así que Jesús está llamando dichosos a los que tienen ahora mismo esa hambre espiritual, esa sed que, lo dirá en Juan, sólo puede ser saciada por el Maestro.
Entonces, ¿perderemos de vista lo social? Tengo amigos entrañables que afirman lo contrario. Jesús, argumentan, vino a prefigurar las ONG, la defensa del desvalido, la búsqueda activa de la justicia. Salgamos a la calle a protestar contra las malas legislaciones, alcemos la voz para denunciar la corrupción, vayamos a las montañas a hacer justicia social con aquellos que el Estado ha olvidado (o ha querido olvidar). Me dicen, y los escucho con atención, que el pueblo de Dios tiene algo que decir ante las injusticias de este mundo. Algo hay que hacerse ante la discriminación, los crímenes, la pobreza, el medio ambiente, los abusos policiacos. Citan ejemplos de hoy y ayer. Citan al Maestro en este pasaje. Y los escucho con el interés de uno al que se le está anunciando la Buena Nueva. Pero, si justificamos todo eso con esta bienaventuranza, erramos.
La enseñanza de Jesús tiene un componente social innegable, pero incluso así, el Maestro está llamando aquí a aquellos que buscan incansablemente al Padre eterno, al Dios que proclamaron todos los profetas, desde Moisés hasta Juan el Bautista. Al final del camino de esa predicación está Jesús mismo. La promesa. El tiempo en que está conjugado el versículo es futuro. En el tiempo escatológico es donde estos sedientos y hambrientos serán saciados. No antes. Pensarlo así sería creer en un profeta más, en un provocador, en un revolucionario, en un pensador social. Pero Jesús es más que todo eso junto: es el Salvador y el Señor de quienes así lo deciden.
Además, algo debería decirnos el orden en que Jesús va lanzando la semilla: pobres, sufrientes, mansos y, en cuarto lugar, los buscadores afanosos de justicia. Los que buscan la justicia del Señor serán recompensados con el agua viva que es Jesús. Lo espiritual es prioridad en el camino que señaló el Maestro de Galilea.




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