La iglesia no es teoría, es vida. Si leemos el Nuevo Testamento en el orden que tienen prácticamente todas las Biblias actuales, es decir, si iniciamos en Mateo, ¿hasta cuándo aparece la palabra iglesia? Aparece hasta el capítulo 16 de Mateo, en el famoso pasaje donde Jesús le dice a Pedro: “sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Luego, en Mateo 18:17: “Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia”. Y de ahí, parece que a los evangelistas se les pasó el detallito de hablar de la iglesia. No aparece hasta que Lucas lo escribe en Hechos 5:11: “y gran miedo vino sobre la iglesia al escuchar estas cosas”. A partir de ahí, el término aparece aproximadamente 70 veces. Alguien podría decir que después de Jesús vino la iglesia.
Pero no es así. El Nuevo Testamento respira comunidad, relaciones, familia. Aunque no hay una elaboración teológica compleja, la Iglesia sí está ahí. Una cuarta parte de los escritos neotestamentarios tiene un destinatario individual; es decir, siete de los veintisiete escritos del Nuevo Testamento van dirigidos a una sola persona: Lucas escribió a Teófilo y Pablo a Tito, Filemón, Timoteo; 3 de Juan es dirigida a Gayo. El resto, los veinte restantes, tienen implícita una lectura en comunidad. Ciertamente, el cristianismo se vive dentro de una comunidad de personas. Hay varias referencias de los unos a los otros (“aménse los unos a los otros”), Jesús habló muchas veces en plural y, en general, hay un reconocimiento bíblico a vivir más allá del individualismo ramplón moderno. Sí: la iglesia es una realidad espiritual y humana.
Muy humana. Me he descubierto hablando, teologizando, teorizando sobre la iglesia más que viviendo y gozando el grupo de personas que Dios colocó a mi alrededor para que yo sirva y para que ellos me acompañen en mi crecimiento en Cristo. Hay momentos en que los cristianos nos pasamos horas organizando la iglesia mientras que solo gastamos unos minutos dentro de esa iglesia. Como si nosotros fuéramos los arquitectos, esa manía humana de jugar a ser Dios se apodera de nosotros disfrazada de ministerio piadoso. ¿Por qué no entendemos que solo somos barro en las manos del Señor? ¿En qué momento se nos escapa el mensaje del Espíritu de que el dueño se encarga del rebaño? Nosotros no somos más que encargados, mayordomos, sirvientes. Todas palabras bonitas que yo he pronunciado mientras me desvelo “preocupado” por las necesidades de la iglesia. Cuando alguien me dice que el mismísimo apóstol Pablo padeció esta preocupación (2 Corintios 11:28), uno debería preguntar a Pablo y a quien argumenta: “oiga hermano, ¿qué ya olvidó que es el Espíritu que hace crecer la iglesia y que su evangelio enseña a confiar en el Padre que no deja de cuidar a sus hijos?”. Además, para hacer justicia a Pablo, el contexto de esa escritura tiene que ver más con una disputa con los que se creían más que Pablo que con una preocupación “santa”:
“Me he portado como un loco, pero ustedes me obligaron a hacerlo. Porque ustedes son quienes debían hablar bien de mí, pues en nada valgo menos que esos superapóstoles. ¡Y eso que yo no valgo nada!” 2 Cor. 12:11.
No olvido las necesidades de cada congregación cristiana. Por supuesto que hay problemas, dudas, debilidades. Han existido desde el inicio. Por eso se escribió el Nuevo Testamento. Hay que buscar la guía de Dios para servirle mejor a Él y a sus santos. Pero cuando nos pasamos horas, días, meses y años hablando de “la iglesia”, cuando terminemos de hacerlo, los creyentes nos habrán dejado para reunirse en torno a quien siempre debe ser el Pastor: Jesucristo. La iglesia no es ni el edificio ni la reunión en sí misma de los creyentes: es la comunión íntima, la hermandad entre los que hacen a Cristo Jesús el Señor de sus vidas.

